LA CRONICA desde San Felipe; EL VIEJO RELOJ Y LA GUACHARACA . Willians Ojeda Garcia


Desde San Felipe, Estado Yaracuy-Venezuela

Del
lado derecho de la torre gris perla en arco de medio punto con pico redondo del Templo Matriz del pueblo, colgaba un viejo reloj que atizado por cuerdas marcaba el tiempo de la vida.
Adentro, estaba el cura y coronel José del Carmen Manzanarez, de grata recordación para la infancia de mi generación, como todo un tribuno en su púlpito lanzando arengas ecuménicas sobre sus pastores en oración.
De aquella torre que sostenía una cruz enamorando al cielo salían, levemente, sonidos del viejo reloj, metiéndose como un himno. Desde la plaza mayor presenciábamos los movimientos de sus flacas agujas incrustadas en la esfera oxidada con menuda colonia de abejorros tratando de libarse los musgos del tiempo en pasos perezosos fijando a duras penas el pulso de las horas.
Casi siempre saltaba de un minuto a otro, seguramente eran muecas de su ancianidad señalando su sendero agónico. Los minutos trazados por tantos años casi lo convierten en moribunda pieza para adornar anaqueles de algún feo museo.
Pero él seguía allí señalando la redención que nunca le llegó, soportando el peso de la historia con su carrillón maltrecho casi mudo y sin consuelo llorando la ausencia de don Rafael Carrillo quien junto a nietos acariciaba su cuerpo con cariño haciéndolo -como cosa de milagro- mantener sus ritmos arpegiados buscando su escala.
Seguramente el Apóstol Felipe le tendió una manita para ayudarlo a sobrevivir a tantas tempestades corrosivas y la ingratitud del olvido. Con todo eso,! era nuestro !., parte de nuestras vidas y sigue en la memoria con recuerdos de sus tremenmduras que en su lento tic tac esparcido por los aires ungido en el amor a Dios nos levantaba con sus notas en aquellas graciosas mañanitas aguinalderas.
Y nunca lo abandonamos porque al ir a los pupitres del Grupo Escolar República de Nicaragua ¨¨ pasábamos junto a él... mirándolo, y con el transcurrir de los años lo acompañamos en su último aliento cuando la iglesia estrenando Obispo y con pretensiones de Catedral por una tal Bula Ex Quo Tempore de Pablo VI, fue derribada a punta de mandarria dándole paso impuesto al templo pretencioso que hoy se gasta la ciudad.
En la letanía de los días viene a mí aquella mañana lluviosa de Mayo, con aires conciliares de renovación espiritual, cuando hice la primera comunión en el Templo Matriz. Escuchábamos los cantos gregorianos de un desafinado coro del colegio Fray Luís Amigó mientras el cura Eladio Roldán metía el ojo pendiente de que repitiéramos los salmos de David.
Regresaba del comulgatorio recibiendo con íntima emoción a Dios cuando de repente el reloj quejoso mediaba el alboroto que armó una guacharaca entrometida venida de Cantarrana que azuzada por zagaletones atrevió meterse en el campanario y como un demonio cruzó el templo que por poco acaba con la solemne bendición.
Sorprendido el sacristán Mario Rabán ayudó al cura furioso a poner orden en la sala y como si nada su hermanito Orlando , con cara de monaguillo arrepentido en son de limosnero , recogía los diezmos para la iglesia, el vino y la ostia..
El reloj marcaba el calendario del tiempo para recibir al Niño de los Cachitos, la talla excepcional de Jesús en el Huerto de la familia de Camilo Lugo, el Santo Sepulcro de los Celis o la Santísima Trinidad de los Marante. Algunas veces llegábamos tarde al templo porque una cosa decía el cura y otra el reloj y esto nos causaba problemas porque los esbirros del gobierno no permitían que los muchachos anduvieran de zalameros por las calles en horas de la noche amenazándonos de que nos iba a salir en cualquier camino El Anima Sola o ¨La Sayona .
Recuerdo aquel templo, el reloj y las viejas campanas con su presencia vocal en estrófas de melancolía que sin invocarlos llegan a mis horas en los momentos de tribulación y, paradójicamente, en estancias de gozo. Pienso que a muchos de los que conocieron el templo, el reloj y las campanas les haya pasado lo mismo en instantes extraordinarios donde pareciera que uno se vá a la profunda oscuridad de un aljibe, sin esperanzas. El tampoco nos abandonó y en la letanía de aquellos días aún escuchamos el dulce susurro del reloj y el repicar de las campanas dándonos un salmo de paz, seguir y luchar.
Una tarde cuando las campanas doblaron y el viejo reloj afinaba la hora nona de un difunto escuché el murmullo de una viejita diciendo que el monje Manzanares tenía mucho del antiguo Vicario de San Felipe, Fidel Pacheco, un cura del pueblo, sencillo, cálido , sin pelos en la lengua distante a esa iglesia excesivamente jerarquizada que agarró fama con sus homilías pegadas a la tierra, que iba piadoso a los refugios de enfermos ausentes de caridad. La gente se colocaba en primera fila de los bancos del templo para no perderse una palabra suya.
Y el reloj en su duro trajín no molestaba a nadie, ni siquiera espantaba las golondrinas ni perturbaba a los adormecidos feligreses que en santa capilla miraban al Santísimo acelerando el ronroneo de los rezos repetidos en sencilla lengua diaria de los pueblos.
Las campanas huérfanas encontraron en el reloj su fiel compañero y cuando el chingo Julio meneaba el cordel con pesas de acero agitando su presencia, desde lejos se escuchaban repitiendo los mismos embustes pero la gente acudía al templo arropándose a su fe. Y el anciano reloj y las campanas con acordes de las horas anunciaban que algo bueno vendría.
Era un repicar de esperanzas, de reflexión, alegre, que llamaba a todos. Mario Benedetti en uno de sus poemas dice: defender la alegría como un derecho, defenderla de Dios y del invierno, de las mayúsculas y de la muerte; de los apellidos y las lástimas, del azar y también de la alegría.¨...
Era aquel templo lo poco que sobresalía en la ciudad acurrucada a las faldas de El Chimborazo después de la embestida telúrica del Jueves Santo, 26 de Marzo, de 1812, y desde que la terminaron de construir los masones por encargo del gobernador Dr. Joaquín Díaz, y sobreponiéndose a la brutal guerra federal, abrió su cuerpo para la sanación de almas en Agosto de 1864, pero no sabía lo que era un reloj. Daba la ostia en alimento pero nunca la hora.
Fue el general Félix Galavis quien trajo el aparatito en 1930, un Keller suizo? tal vez, pero lo colocó en la cúspide del campanario y hasta ahora no se sabe de donde lo sacó. Y comenzó a marcar los tiempos con algarabía entre los vecinos.
Su menudo y triste sonido a la hora del Ángelus era una gema de oración buscando a Cristo. Y junto a las tres robustas campanas comenzaron hablar de fe. Su ruido pequeño apenas hería el tibio silencio diciendo que Dios estaba en el Templo Matriz.
Y el reloj fatigoso nos llamaba para volver. Se hizo centinela como un sacristán y desde arriba se oteaba el hermoso escenario de la iglesia con sus devotos rebaños frente a la Eucaristía en adoración, cada  hora del día. Allí se consumían los minutos de la vida y el viejo reloj buscaba los números intentando precisar la agonía del tiempo que pasa.
El reloj era algo más que eso. Llamaba sin mitin a los seglares y a todo el mundo a ser puntuales para compartir la difusión de sus verdades y el ejercicio del apostolado. Daba entender que todo no sólo era prédica ritual y el ministerio de los sacramentos si no existe el amor de darle la mano al necesitado como la forma más amplia de la caridad y no convertirse sólo en campanas repicando tímidos alaridos.
En esta cruzada de la vida añoramos tu presencia querido reloj. Cada minuto que miraste era un sendero hacia la historia. Eras noble, tenías virtudes y valores cristianos. De eso ni se dieron cuenta los magistrados de cabildos acabados que en promesas huecas santificaban por tu larga vida. Los que te abandonaron hoy son simples ofrendas quemadas del tiempo.
¿Por dónde andan tus despojos amado reloj? ¿Alzaste vuelo con la loca guacharaca? ¿ En qué sepulcro te metieron? Ni siquiera existe un obituario, alguna lápida con tu nombre, ni un epitafio que cubra tu cuerpo hecho un ostión de historia..
Ni una cruz, ni un trozo de tierra donde llorarte. O andarás con las turbas de otros mundos escuchando a Cristo. Seguramente estás en la diestra del padre superior diciendo: Yo soy la salvación de mi pueblo. Los escucharé en cualquier tribulación en que me llamen y seré siempre su Dios.
Sólo sé, amado reloj, que te llevamos íntimo junto a la muchedumbre que te recuerda con respeto, que produces en sus almas plegarias de emociones por tu gloria. Sé, querido reloj, que guardas en todas las horas de las distancias y de los tiempos tesoros inmensos de calidad humana produciendo frutos espléndidos.
Que la Santa Virgen María de la Presentación te dé paz, aquí está tu pueblo caminando por la vida.
Nota: esta crónica obtuvo el Primer lugar del Primer Concurso de Crónicas del Estado Yaracuy auspiciado por la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy, Instituto de Cultura de Yaracuy y Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Oficina del Cronista de San Felipe y apoyo de la Asociación de Cronistas Oficiales de Venezuela, Centro de Historia de Yaracuy , Alcaldía y Cámara Municipal de San Felipe.

Pueden compartirla con quienes la deseen es libre.
CENTRO DE HISTORIA -ESTADO YARACUY-ICEY
Red Latinoamericana de Cronistas-RELAC.
williansyaracuy@hotmail.com 0416-8519938.

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