Análisis ND: Maduro sale a buscar ayuda en Rusia para salvar su Gobierno

Análisis ND: Maduro sale a buscar ayuda en Rusia para salvar su Gobierno

Pedro García Otero.- En política, cada acto implica un mensaje. Y en diplomacia, con cada gesto, cada palabra, las cancillerías ponen, y se ponen, en su lugar. Es demasiado evidente la frialdad siberiana con la que ha sido recibido Nicolás Maduro en Moscú, en un viaje cuya verdadera intencionalidad –y nivel de desesperación–, ha revelado Dimitri Peskov, el portavoz del presidente ruso, Vladimir Putin, al responder que “en efecto, por eso es que el presidente de Venezuela ha venido”, cuando se le preguntó si Maduro había viajado a Rusia a intentar obtener financiamiento.
El presidente venezolano llega a Rusia cuando el frío más aprieta, y no solo estamos hablando del clima en Moscú, sino de su Gobierno. Las muy escasas imágenes de la recepción presidencial (la foto de Últimas Noticias muestra a Maduro bajando por la escalera del avión y no como correspondería, siendo recibido por algún funcionario de importancia), la única imagen de Maduro con Putin (en su residencia personal, no en el Kremlin, lo que es un gesto de enorme significado) e incluso la propia prudencia con la que tanto Peskov como el propio Putin se han referido a la situación venezolana, muestran que hasta para sus principales aliados, el presidente venezolano no es una solución, sino un problema, y gordo (el problema).
Han dicho tanto Peskov como Putin que el monto de la “asistencia financiera” no había sido definido, han confirmado que han hablado de ello con Maduro, y, al cierre de la jornada, es el propio presidente venezolano el que muestra unas imágenes suyas caminando por la Plaza Roja (no hay información de que haya entrado en el Kremlin) y señalando que mañana firmará “importantes acuerdos” cuya naturaleza genera un arqueo de cejas, incluyendo “la compra de sistemas militares”, ha dicho el mandatario en las redes sociales.
¿Qué está comprometiendo Maduro? ¿A qué costo? No se sabe, ni se sabrá en lo inmediato, pero dada la desesperación con la que salió a Moscú (dos días después, por cierto, de que Erdogan y Putin estuvieran en Buenos Aires en la Cumbre del G-20) en una visita no anunciada con anterioridad, y no oficial (cosa que ha dejado clara Rusia con todos sus gestos) cabe especular con que Putin pudo haber enviado un mensaje a Maduro a través de uno de sus más cercanos aliados en la geopolítica mundial.
Y no precisamente un mensaje amable. Ni siquiera es amable el lenguaje corporal en la foto del encuentro que ambos sostuvieron en Moscú en la tarde de hoy. Nada de esto, hay que insistir, se deja al azar en diplomacia.
RusiaMaduro ha tenido un frío recibimiento en Rusia, y no solo por el clima (Sputnik News)
La experiencia china
No es la primera vez que Maduro pasa por algo así, y de hecho, hace apenas cuatro meses (comienzos de septiembre) pasó por un proceso similar en China. De hecho, en esa oportunidad, anunció un préstamo chino por 5.000 mil millones de dólares. Que ese dinero no esté registrado en  ninguna parte puede obedecer a dos razones: o era simplemente un cuento, o China, entendiendo que la capacidad de pago de Venezuela es cero, haya sencillamente dado un alivio a los pagos de Venezuela, con una deuda cuyo período de gracia, extendido, caducó este año y nada hace ver, tampoco, que China tenga intención de extenderlo.
El viaje de Maduro a Pekín fue tan escaso de señales de afecto como lo es hoy el de Moscú. China es un aliado que marca una cuidadosa distancia, y que es un aliado más por tocarle las narices a Estados Unidos que por defender a una élite política que puede pasar penas como la que pasó Wilmar Castro Soteldo hace menos de un mes; además, el Gobierno de Maduro ya tiene el tutelaje de China, como mostró, justamente, esa reunión con el ministro y un ir y venir de técnicos chinos para intentar enderezar una nave (la economía venezolana) tan escorada que su naufragio ya no parece solo probable, sino hasta inminente.
¿Cuáles son las señales previas al viaje de Maduro a Moscú? La visita de Sergei Storchak, viceministro de Finanzas ruso y experto en refinanciamiento de deudas; y las recurrentes visitas de Igor Sechin, presidente de Rosneft, el gigante petrolero ruso, en plan de cobrador.
Mientras, tanto Putin como Peskov han sido extremadamente prudentes al hablar sobre la economía venezolana, y ambos con el mismo discurso: “la situación (económica) en Venezuela sigue siendo difícil”, ha dicho el jerarca ruso, y su portavoz había señalado previamente que “como saben, la situación económica (en Venezuela) permanece difícil y aunque hay ciertas indicaciones de una mejora, éstas aún son bastante modestas”.
En lo político, en tanto, Putin no se ha desviado una línea de su discurso habitual: cree en un entendimiento entre el Gobierno y la oposición (seguramente al estilo del que él tiene en Rusia, con lo cual el statu quo actual en Venezuela le parecerá aceptable) y su “enérgica condena” a cualquier situación de fuerza para cambiar ese statu quo. Totalmente predecible: ni una línea más allá del guión y ni siquiera un abrazo, que a lo mejor se producirá (pero no pareciera) hoy, cuando se firmen los “importantes acuerdos” a los que aludió Maduro en Twitter.
Putin, además, remarcó los montos del comercio con Venezuela, que para un país como Rusia (y hasta para uno como la Venezuela que gobierna Maduro) parecen un chiste: 79 millones de dólares de intercambio comercial en lo que va de 2018, una mejora, dijo, si se compara con los $68 millones de 2017. En tanto, Rusia tiene comprometidos en Venezuela 3.000 millones de dólares, en su mayoría por sistemas de armas comprados por Hugo Chávez entre 2009 y 2012; esa deuda fue refinanciada en 2017 para ser pagada a 10 años.
La renegociación no contempla años de gracia, y no se ha registrado en público que Venezuela haya pagado su cuotaparte correspondiente a este año. En esa reestructuración, además, no está la deuda de Pdvsa, que es el doble en cantidad y que está respaldada con quizás el único activo de verdadero valor que le queda al Estado venezolano, que es Citgo.
Es muy probable que esa “asistencia financiera”, como en el caso de China, sea apenas el reconocimiento tácito de que Venezuela no tiene cómo pagar. Y eso, ni los chinos ni los rusos se lo pueden tomar bien. Sechin, quien fue el renegociador de la deuda rusa, debe haber venido a Caracas a constatarlo. Y a “renegociar” en principio, su propia deuda, ya renegociada previamente.
¿Es suficiente?
Está claro que Maduro necesita, de cara al 10 de enero, mucho más respaldo del que ha podido recibir, no solo en cantidad, sino también en calidad. Que un régimen como el de Corea del Norte o el de Irán quieran aliársele no es solo lógico sino natural, según la lógica venezolana de que los mochos se juntan para rascarse.
Otra cosa es que Putin quiera seguir fotografiándose con quien le debe y no le puede pagar. China, hoy, queda fuera de la foto. En su búsqueda de mostrar que no está aislado, Maduro logra el efecto contrario. No cuenta con ninguna alianza de peso fuera de los violadores de la democracia, que están tan aislados como él e incluso menos señalados (ya es, quizás, junto con Kim Jong Un y Bashar El Assad, uno de los tres mandatarios más señalados del planeta); en tanto, en la comunidad internacional, ya varios vecinos de importancia han manifestado que luego del 10E puede venir rompimiento de relaciones. Lo que pueda lograr con México, en tanto, es crucial, no solo por el arrastre que tiene ese país para neutralizar otras posiciones, sino porque de ahí vienen las cajas CLAP.
Pero uno tiene que recordar una frase de Erdogan en Caracas (“compartimos muchos títulos, a los dos nos llaman dictadores”) y es probable que tampoco Andrés Manuel López Obrador quiera salir en esa foto. No por ahora, seguramente.
Cuando se acerca el 10 de enero, el Gobierno de Maduro no parece estar más firme, sino todo lo contrario. La hiperinflación está aumentando. Algunos pronósticos de caída del PIB para 2019 dibujan una catástrofe de dimensiones inimaginables incluso hoy, tan horribles que honestamente, ponerlos en esta nota podría generar alarma innecesaria. Además, el régimen quedará muy aislado. Lo predecible (y lo están prediciendo también con alarma, ya fundada, los organismos internacionales) es que la diáspora venezolana alcance dimensiones de tragedia histórica.
Y en esa perspectiva comienza el último mes de 2018, con Maduro en Moscú.
Probablemente, como en su viaje a la toma de posesión de AMLO, regrese diciendo que su gira en Rusia fue un éxito. Pero no es así, y la situación va a complicarse para todos. Especialmente para el Gobierno.
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